miércoles, 17 de marzo de 2010

Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra

Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra

Por el puro goce del cuerpo que se larga a la prohibida aventura de la libertad.
En el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos.
Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.
Jugar sin hinchada es como bailar sin música.
El entrenador decía: Vamos a jugar.
El técnico dice: Vamos a trabajar.
Ahora se habla en números. El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del futbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1, pasando por el 4-3-3 y el 4-4-2.
Sólo, el árbitro, entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge. Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol; todos lo odian.
Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él.
Cuando llegó el gol de Ghiggia, estalló el silencio en Maracaná. El más estrepitoso silencio de la historia del fútbol.
La delegación brasileña denunció ante la FIFA al árbitro inglés, que había actuado “al servicio del comunismo internacional, contra la Civilización Occidental y Cristiana”.
Pelé: no había cumplido veinte cuando el gobierno de Brasil lo declaró tesoro nacional y prohibió su exportación.
Romario: Trepó a la fama sin pagar los impuestos de la mentira obligatoria: este hombre muy pobre se dio siempre el lujo de hacer lo que quería, disfrutón de la noche, parrandero, y siempre dijo lo que pensaba sin pensar lo que decía.
En mi país el fútbol es la única religión sin ateos.
Importa el resultado, y cada vez importa menos el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la aventura. Se juega para ganar, o para no perder, y no para gozar de la alegría de dar alegría.
El Sur vende piernas, Piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de consumo.
Maradona cobró mucho y mucho pagó, cobró con las piernas, pagó con el alma. Cuando ya llevaba algunos años en las canchas, la crisis lo rompió, y enfermó gravemente por sobredosis de éxito.
El siglo XXI sacraliza la mediocridad en nombre de la eficiencia y sacrifica la libertad en los altares del éxito. Uno no gana porque vale sino que vale porque gana.
El poder absoluto se justifica por la costumbre; así es porque así debe ser, y así debe ser porque así es.

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